4 de diciembre de 2010

El mar enlatado.

                                                                    Agnès Varda. La Mer inmense, 2003.


Hoy amanezco con la noticia de que es posible enlatar un día de mar, unos momentos de ola y repetirlos para siempre con todo y las gaviotas, con todo y su arrastrar la arena al paso de la espuma y quizá algunos pasos que ya no están más, y que sin embargo sigo yo escuchando ahora, quién sabe cuántas mareas después. ¿A dónde habrán ido a dar esos pasos que escucho?; ¿qué suerte habrán ido a encontrar? ¿Habrán sabido escuchar al mar?

El mar recomienza todos los días, no cesa de venir, no se cansa de abarcar el horizonte entero y de responder ninguna pregunta con su persistente silencio que nos obliga a acercarnos y escuchar ninguna palabra, todas las corazonadas. Alguien ha puesto en palabras lo que es sumergirse en el mar: una aventura de movimiento errático y caprichoso, la voluntad de la suerte y el viento que siempre viene a transformar la idea del mar. Es el viento el que le da la luz, el que lo mece de formas distintas, el que le permite vestirse de tantos matices como es posible bajo el universo.

Quiero gritarle tantas cosas al mar. Me gustaría poder tomarlo en mis manos y sacudirlo, apretarle el pescuezo, insultarlo, que me viera a los ojos y me explicara su atrevimiento y su desfachatez, que me diera cuentas de su persistente belleza; decirle que me tiene atrapado, que no puedo dejar de regresar a él, que su encanto azul me tiene cautivo, que mi vida ha sido siempre el largo camino para volver a él.

Y hoy que lo tengo enlatado, que lo tengo al alcance de mis oídos para darle cuerpo a mi paciente espera de él, tengo al menos el consuelo de tenerlo cerca, de descifrar lo que intentó decirme una mañana o una tarde cualquiera hace miles de días o quizá apenas ayer. El mar ha venido a hablarme con su lento persistir de siglos. El mar nunca habla claro. El mar habla fuerte en su propia clave, habla a través del tiempo y todas las distancias, y le habla al que encuentre la paciencia de descifrar su obstinación de mar.

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